Miles de pasajeros

Viajan abordo de un tren que les succiona la vida lentamente, a veces, cuando el sol ni siquiera se ha asomado, ya se encuentran miles de personas bajando al fondo de la tierra, como si esta los estuviese tragando.

Adentro, cada quien es un numero que camina seguido de otro hacia un precipicio, miran el reloj, son víctimas del retraso, la desesperación, mientras que una voz imperante les recuerda la maldita hora que va sumándole odio a su jornada.

Abajo las personas suelen ser diferentes, abajo encuentras además de ratas, hombres bajos, altos, blancos, morenos, mujeres maquilladas, uniformadas, ruidosas muecas, y a veces escandalosos silencios, miradas que pulverizan rostros, otras que vagan en el reflejo de los cristales, pero hay unos días (cada día) en que a este tren aborda la tristeza, la desilusión, el desespero, las preocupaciones, todas esas amigas que se considerarían enemigas.

(Quién crea que esto es un poema social, que pare de leer)

Hoy se raya el metro de sensaciones buenas, malas, indiferentes, de sin sabores, de lo cotidiano y la vida.
En esta estación se suben y bajan los amorosos, los idiotas, los que escriben poemas de vagón, los que le agarran el culos a las mujeres desprevenidas. A cada pito del cierre de puertas se monta el hambre a entretenernos y una necesidad necesitada a sermonearnos sobre el supuesto Dios que en los túneles no se comunica con ninguno de sus miles de pasajeros por falta de cobertura.

Me deja en el siguiente respiradero, por favor. Tenga cuidado porque a la gente, acá abajo, se le desgasta más rápido la vida. -Lo hueles, lo ves, lo tocas, lo oyes.- Pero no importa ser uno más con unos audífonos en los oídos, con un periódico en las manos, o unas manos sobre unas nalgas, no importa, debajo de la tierra todos padecemos de la misma manera. ¿Qué esperas? Compra tu ticket al precipicio, y abórdalo con felicidad.

Al final, en el baño la mierda de un Rey no es diferente a la del súbdito.

L.B.
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