sábado, 6 de abril de 2013

Descifrar los sueños

Cerrar los ojos y despertar en el laberinto,
tocar y abrir las puertas a nuevos enigmas.

Asumir la presencia de aquellos que ves
pero no están realmente,
tan solo son bloques de hormigón con figura humana,
deshabitados de alma y sangre.

Andar sin rumbo hacia y en tu interior,
Guiado por los astros y el miedo,
Sin poder tocar lo palpable,
sin que tu abuelo muerto, tu madre histérica,
tus buenos amigos adviertan tu presencia,
Ni siquiera tu voz,
que se vuelve un tormento en tu cabeza
y es apenas un murmullo en el panteón de la noche.

Las casas y edificios se elevan al cielo,
todo es lejano y común, todo y nada lo has visto,
caminas convencido de que recordarás tu misión,
atento a las señales, a la vía de escape,
la escalera de emergencia]
Pero las señales son mudas, ciegas,
Te mareas sobre tus pies, vomitas,
Y la esperanza de encontrarte colisiona con tu infancia
con las noches de lámparas encendidas,
con la ausencia de tu padre, los ladridos
y extraños sonidos que perturban la paz de los inocentes.

Sin razón alguna, como es obvio,
el mundo que te vigila desde las raíces empieza a inundarse,
correr resulta tan difícil,
como si las manos de Dios sujetaran tus piernas,
en ese lugar no hay dos como tú,
la presencia de otros soñados resulta inútil
son incapaces de auxiliar tu angustia, sostenerla,
ayudarte a respirar sin el peso de un elefante en el pecho.

Miles de esquinas confunden tu destino,
empañan las voces que te guían,
pero tu boca muerde el camino a seguir,
nada te detiene en la búsqueda del inevitable momento
en que despiertas agitado sobre la cama,
corres y gritas,
sin avanzar un paso, sin ser oído,
pero te aproximas,
te desprendes de tu vida, la empeñas…
solo por alcanzar la luz, por descifrar las quimeras,
                                                           Verlas arder…

ahora, descansas a un paso de tu habitación,
no hay muros que impidan tu entrada,
la observas con ansiedad, con deseo,
cierras los ojos y despiertas en el laberinto.

Blanco

En el tambor

Mi cabeza es como un arma, un revolver,
siempre próximo a dispararse y a veces lo hace.

Punto de mira

Empieza por quemar las páginas,
sin contemplación, sin distinguir entre buenos y malos
arrasa todo a su paso.

Va dejando marcas como la de los cigarrillos en la piel.

Eyector

En el trayecto, las estrellas se desprenden del cielo,
caen de éste  como paracaídas en llamas,
incendiando la memoria y las respuestas.

A su paso, las miradas proyectan el calor,
en sus ojos es visible la extrañeza y el vacío,
sintámonos aturdidos intentando comprender
el significado de las palabras.

Disparador

El sonido que deja mi revólver,
El murmullo incomprensible de lo que espetan sus bocas,
Ambos se vuelven el eco insoportable
que derrumba los muros de Babel.

La luz no es suficiente,
las luciérnagas explotan tratando de alumbrar a los desolados,
los desiertos repletos de indiferencia-insolencia-.

Boca de fuego

En mi y en torno a mí, todo se achica,
se junta, se lastima, como reces al matadero
y la tinta indeleble que mancha mis manos,
devora mi instinto, mi identidad
en el mismo instante que se revela,

Quizás ya es tarde, muy tarde...
las iguanas ya empezaron a llegar.

Adiós a las luces, adiós a la ilustración.