domingo, 5 de mayo de 2013

Alturas de Parque Central


…subir todos los escalones del aire hasta el vacío,
rascar la entraña hasta tocar el hombre.

De un poema de Pablo Neruda.

¿Cuántos segundos toma estrellar el pecho
 contra el suelo desde un piso 33?

33 no es un número al azar o casual,
sin embargo, una vez en el asfalto resultará prescindible.

1
Al borde de una ventana abierta apoyé mis dudas,
mis miedos, mis verdades,
dejé correr el aire frío entre mis piernas,
miré al horizonte y no sentí nada, no había nada allí,
miré el fondo gris y encontré mi arribo, mi estación.

Proyecté la caída e imaginé todo lo que estaría pensando
una vez que mi cuerpo fuera presa de la gravedad,
pensé si moriría antes de caer al suelo,
si perdería la conciencia o entendería el universo
antes de impactar con el cielo.

Imaginé que pensaría en mi madre, en el viejo,
en los amores de copas, de cama y de cajón,
en los hijos bastardos, en los enemigos, los amigos,
Imaginé que pensaría en mí.

Brevemente indagué sobre lo que llevó a Paul Celan,
Hemingway, Quiroga, Monroe, a mi tío ciego, burlar la vida,
Desprenderse de ella, fugarse de todo.

Sin embargo, ningún cuento, ningún poema, ni siquiera
Una indescifrable historia contestó mi duda.

2
Por otra parte en el marco de acero,
Intenté calcular el segundo en que me arrepentiría,
en el que ya no habría vuelta atrás
Y sin embargo me sentiría resucitado,
vivo y libre,
Cuando realmente segundo a segundo
me precipitara a la muerte.

Porque en el aire no eres más que un mango
atraído por las manos de un niño,
solo que en mi caso no hay brazos que atajen mi indiferencia.

Respiré varias veces antes del descenso,
fumé al menos dos cigarrillos
que la brisa consumía rápidamente,

Jamás volteé a la habitación, que observaba en silencio,
Procuré temblar lo menos posible y escapar al exterior,

3
Asomé el rostro agredido por el viento,
la altura produce en mi un encanto único,
como una droga que relaja los músculos,
como perder la cabeza teniéndola puesta,
como ese instante místico en que uno se desmaya,
desvanece, flaquea, pierde,
como extraviarse en sus propias venas inyectadas de anestesia.

Nunca oí las voces que me impidieron hacerlo,
los gritos lastimeros o el llanto impotente,
nunca sentí el jalón, el abrazo que resguardara mi locura,
Tampoco esperé a que algo de eso ocurriese.

Por lo que procuré levantar mucho  mis brazos, estiré las piernas,
mientras todo el miedo se concentraba en mis rodillas,
me balancee en la cornisa sobre ninguna duda,
respiré hondo para soltar mis manos,
en un instante ya no pertenecía, abrí los ojos...

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