Yo elijo ser quien soy


Por Luis Miguel Baclini

“No hay peor injusticia que tratar igual, a quienes no son iguales”
Aristóteles

De niño quise ser astronauta, una noche hubo un gran apagón en la ciudad entera y desde la platabanda de mi casa pude observar el cielo más estrellado de mi vida, había quedado asombrado. En la mañana mientras desayunaba le dije a mi papá qué sería cuando creciera, él se quedó callado.
Estudiaba en la escuela pública de mi parroquia, todas las personas de mi entorno aspiraban lo mismo: terminar el colegio, hacer estudios técnicos para empezar un negocio y hacer dinero (creo que nunca pudimos ampliar un sueño que apenas tenía herramientas para formarse), confieso que me costó escapar de las ideas comunes de mis compañeros, es decir, yo aún pintaba estrellas y cometas en mi cuaderno. Poco tiempo después del apagón comprendí que la casualidad te enseña cosas, una de ellas, que el origen de la falla energética se debía al deterioro y atraso tecnológico de la planta de mi ciudad. La otra cosa que aprendería era: que elegir entre las estrellas y el cesto de comida para mi hogar producía una terrible desilusión a mi sueño de alcanzar la estratósfera (saben a lo que me refiero).
No puedo decir que en algún momento desistí sobre la idea de ser astronauta, con lo que ahorraba compraba libros, mapas, maquetas, cualquier artículo que representara mi interés, leía de hombres que hace veinte años pisaron la luna, de telescopios construidos con perfecto desarrollo y el misterio que el universo nos dejaba como interrogante. Internado en el espacio era un muchacho feliz, con metas, una vida distinta que yo habría de elegir por mi condición de humano y arquitecto de mis propias ideas. Pero de vuelta en la tierra sólo había condiciones y condicionamientos, una o dos lecturas para todo el año, las mismas vacaciones, un trabajo en la obra de mi padre, la cancha arenosa de fútbol carente de mallas, dinero que era desviado en construcciones y no en nuevas menciones para el ciclo diversificado de bachillerato. Me sentía simple, vacío, encerrado en una ciudad que se me hacía cada día más pequeña, con ganas de salir, emprender un rumbo que me diera lo que deseaba, sin restricciones que atropellen las ideas que me harían diferente de los demás, así como lo había leído alguna vez de un gran filosofo griego: “No hay peor injusticia que tratar igual, a quienes no son iguales”. Sí, yo elijo ser quien soy, y merezco las cosas que con esfuerzo me he propuesto obtener: Estudios universitarios, postgrados, conferencias, un cohete espacial, un trozo de luna, una vida libre y justa.
Muchos años después comprendí porque mi padre se mantuvo callado durante el desayuno posterior a la noche astral. Pero qué tendría que haber dicho él, es decir, contestarme con una afirmación esperanzadora que luego de un largo tiempo descubriría que era mentira o con una tajante negativa que pondría mis pies en la tierra (o en algún campo que quizás labraría). Él no escogió, ¿por qué yo tendría la oportunidad de hacerlo? Si las oportunidades que estaban presentes eran singulares y únicas, no había alternativas para el desarrollo personal y profesional, no existían ideas inspiradoras de nuevas ideas, no acaecía el hambre de conocimiento, de saber qué había detrás de lo que sólo podíamos ver por delante. Porque siempre fuimos lo que alguien más quiso que fuésemos y no lo que cada uno de mis amigos al menos, soñó con ser: el artista de un circo de calle que haría reír a las personas, ese que pensaba que la risa no tenía precio y odiaba de manera crónica los circos de carpa, o el que empezó construyendo pequeños puentes de madera donde pasábamos horas jugando y quería hacer uno que conectara el norte con el sur y porqué no, el este con el oeste. También estaba el futbolista, el que era bueno con las matemáticas y concibió una vida de empresario, mi hermana que nos curaba los moretones y cortadas, porque en el fondo quería ser una gran doctora y no la niñera de mi madre cuando esta envejeciera, en fin un montón de personas que apuntaban a crecer de manera distinta, con objetivos distintos, aspiraciones personales y medios diversos que le fabricaran el camino correcto, un destino distinto con resultados comunes: bienestar, progreso, calidad de vida, reconocimiento, dignidad, justicia, porque elegimos nuestro destino, nuestros pensamientos, razón de nuestra existencia y futuro de esta.
Yo, aquella noche vi más allá de las fallas eléctricas, de la platabanda de mi casa, de la escuela pública, la cancha de futbol carente de mallas, de los errores que un día estoy seguro resolveremos; entre la inmensa oscuridad observé millones de estrellas que tiritaban de forma distinta y lugares diferentes, a destiempo y con melodía propia, que separadas eran únicas y geniales, pero juntas se volvían la obra maestra de un arquitecto, uno con veintiséis pares de millones de manos construyendo un país.
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