miércoles, 13 de enero de 2010

Deuda con mi alegría

Ni siquiera podemos elegir el tipo de miseria en la que intentan sumirnos.

Extraño lo sencillo de la vida. Creo que tantas recetas e instrucciones operacionales de máquinas modernas están acabando con mi alma. Eso sin contar el tráfico, el smog llenando sin consentimiento mis pulmones, el estrés, que para ser franco cada día lo siento más invasivo (lo odio tanto), como a esa descarada burocracia que derrumba puentes y trunca mis ilusiones. Pero hay más...Sueños rotos, miles de personas intentando subirse al mismo ascensor que yo tomo para lograr lo que quiero (mi deseo), sólo que lo hacen de manera injusta, pero, eso a nadie le importa; ni a mi padre ni al vecino, ni al gobierno o al infierno.
Y ahora tengo motivos para dudar del cielo, tan distante, con su azul lejano. Creo que Dios se ha olvidado de este lado del mundo (a lo mejor hay una cuota de rezos que hay que pre-pagar para que él nos oiga)

Señor si estas leyendo este blog, acuérdate de Latinoamérica, y haz que el NIÑO se vaya a su cuna.

La verdad, no me importa que la gente piense que estoy loco, o si soy demócrata (liberal), o de esta o aquella clase social (media), si al final todos disponen y todos se quejan; Al carajo con ellos (con ustedes), yo compré estás hojas, esta pluma, y un montón de ideas y rabia que me ha arrendado este mundo tan degenerado que se carcome solo, como un cáncer. Pero al carajo sus opiniones, no evitarán que me calle, sentirán mi enojo rayando en las paredes, golpeando las puertas de nuestro seudo parlamento y puteando a todos adeptos de la mediocridad.

No se merecen mi amor, ni mi odio, menos mi indiferencia...las palabras, ni el pago de mis
impuestos, o el derecho de frente.

No hace falta caminar mucho, para tropezarse con la miseria que nos han heredado los supuestos gestores de la nación, si hasta las aceras parecen una playa de penurias: indígenas apatriados, indigentes alquilados en el Guaire, niños oliendo pega, pidiendo dinero, mientras el Gobierno
regala útiles escolares a Honduras, y el Telecorazón apenas tiene colmenas para tantas abejas; Hogares que les devolverían sonrisas a los inquietos peregrinos de los botes de basura.

Y al cruzar las calles y avenidas, las luces de Caracas se vuelven fétidas, intolerables, y se puede percibir el odio de la gente a través de sus corbatas de seda, sus tacones de aguja, o sus teléfonos celulares. Pero todos ellos niegan su infelicidad, la cubren tras su circo de mentiras sobre si mismos, y entonces les queda acabar con la felicidad de los justos, pero eso a nadie le importa, ni a los empresarios corruptos o correctos, ni a la televisión venezolana o a las aerolíneas extranjeras; Porque la única felicidad que pueden brindarte sólo la consigues comprándola en almacenes que abrieron los puteados gobernantes, los juristas del horror, para adquirir alegría devaluada, pagándola a créditos, con intereses que tendrán siempre desbancada la cuota de felicidad.

L.B.

1 comentario:

lub dijo...

ver - es estar ciego
observar - es dificil